Cierro los ojos
y escucho el rumoroso acento
de las sirenas.
Floto en un mar sensible.
El aire es verde. Y el tiempo
un crepúsculo que ahoga.
La lluvia se desprende
en millones de partículas:
cristales que al golpear la piel
se desintegran
y forman una cicatriz perfecta.
La luna incita a las aguas
―con mirarlas sólo―
y éstas se desbordan.
Peces espada mantarayas aguijonean.
Monstruos marinos despiertan.
La sal explota:
un delgado sonido
zumba en los oídos.
Después el silencio.
Abro los ojos
veo la vida diluirse
entre hiel y escamas.
Mujeres pez partidas en dos
el mar bravo y traicionero me abraza
yo con la muerte entre las branquias
que se mueven placenteras.
Rezo al dios que camina sobre las aguas
al tiempo que expulso
restos de matriz
de las entrañas.
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